Martha Cooper no es solo una de las fotógrafas documentales más importantes de nuestro tiempo; es la responsable directa de que el arte urbano y la cultura hip-hop trascendieran las calles de Nueva York para convertirse en un fenómeno global. Su cámara no solo capturó imágenes, sino que salvó de la extinción visual a todo un movimiento artístico que estaba destinado a desaparecer bajo los productos químicos de limpieza del metro neoyorquino.
Nacida en Baltimore en 1943, Martha creció con una cámara en las manos gracias a la tienda de fotografía de su padre. Esta pasión temprana la llevó a estudiar Arte y a unirse al Cuerpo de Paz como voluntaria en Tailandia. Su espíritu aventurero ya era evidente entonces: al terminar su voluntariado, viajó desde Tailandia hasta el Reino Unido cruzando medio mundo en moto a través del famoso "hippie trail". Al llegar, se matriculó y se graduó en Etnología en la prestigiosa Universidad de Oxford. Esta formación antropológica sería su mayor superpoder: le enseñó a observar el mundo sin prejuicios, a ganarse la confianza de comunidades cerradas y a documentar rituales callejeros buscando siempre el lado más humano.
Antes de hacer historia en la prensa diaria, su talento ya había llamado la atención a nivel nacional cuando en 1968 consiguió unas codiciadas prácticas en National Geographic. Sin embargo, su verdadero hito laboral llegaría a finales de la década de 1970, al convertirse en la primera mujer fotógrafa en plantilla del periódico New York Post. Mientras recorría la ciudad documentando las duras noticias de una urbe en decadencia, su mirada se desviaba hacia los barrios deprimidos del Bronx y el Lower East Side. Allí descubrió que, entre los escombros y la pobreza, los niños estaban inventando formas fascinantes de jugar y expresarse.
Su inmersión en el mundo del grafiti comenzó de forma casual cuando un chaval llamado HE3, que jugaba en la calle, le mostró su cuaderno de bocetos. Él le explicó que no estaba simplemente garabateando su nombre en la pared, sino que estaba diseñando tipografías para pintarlas en los trenes. Fascinada, Martha le pidió que le presentara a un "Rey" del grafiti. Así conoció a DONDI, uno de los artistas más legendarios del movimiento, quien le abrió las puertas a una subcultura clandestina que operaba bajo sus propias reglas, códigos y jerarquías.
Lejos de conformarse con fotografiar las piezas terminadas a la luz del día, Cooper arriesgó su carrera y su integridad física para acompañar a estos adolescentes. Se adentraba con ellos en las cocheras del metro en plena noche, esquivando a la policía, a los perros guardianes y el peligro mortal del tercer raíl electrificado. Sus fotografías capturaron la adrenalina, el trabajo en equipo y el esfuerzo físico que requería pintar un vagón entero en la oscuridad.
De estas incursiones nocturnas y de su alianza con el también fotógrafo Henry Chalfant, nació en 1984 el histórico libro Subway Art. Curiosamente, el libro fue un fracaso inicial en ventas porque los jóvenes no tenían dinero para comprarlo, convirtiéndose de rebote en el libro más robado de la historia de las librerías. Al pasar de mano en mano y viajar en las mochilas de miles de adolescentes, Subway Art cruzó océanos y se coronó como la "Biblia" del grafiti. Gracias a él, chavales de Europa, Sudamérica y Asia aprendieron los estilos y técnicas que habían nacido en Nueva York.
Pero su objetivo no se limitó a la pintura. En esa misma época, Martha documentó el nacimiento explosivo del hip-hop en las calles, fotografiando a los primeros B-Boys que bailaban breakdance sobre cajas de cartón, a los DJ en los parques y la vibrante moda callejera del momento. Su archivo visual de esos años es un testimonio irrepetible de la creatividad juvenil.
Hoy en día, el trabajo de Martha Cooper forma parte de instituciones tan prestigiosas como el Instituto Smithsonian, y su legado está tan contrastado que el museo Urban Nation en Berlín inauguró un espacio entero en su honor: la Martha Cooper Library. Los jóvenes que copiaban sus fotos en los años 80 son hoy artistas de renombre mundial que la invitan a documentar festivales por todo el planeta. Su historia demuestra que, a veces, el arte más trascendental no ocurre en las galerías, sino en las vías del tren, a medianoche, esperando a que alguien tenga la valentía de mirarlo de cerca.